lunes, 3 de junio de 2013

Rojo azulado.


El atardecer tangible como la vida, se vuelve roja en algún punto.
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En la casa ya deshabitada lo único que quedaba eran los cuadros de gente que ya nadie recordaba, los animales que husmeaban los restos en busca de comida y el crujido de la madera que casi gritaba al derrumbarse en sus propios años.
El piano más pesado que de costumbre por las gruesas capas de polvo, las cuerdas rotas, las teclas intactas en años.
La gabardina casi le alcanzaba las rodillas, los zapatos llenos de lodo y el sombrero de copa goteando por la tormenta que hacía caer el cielo inundando las calles.
La sonrisa carismática, la mirada con fugaces toques de perspicacia, las líneas que dibujan su rostro maduro. Su complexión media, fornido, alto.
Los guantes de piel se acercan al picaporte y lo giran para abrir la puerta de aquel lugar.

El picaporte dejó caer una gota de sangre.



Córdova.