Rojo azulado.
El atardecer tangible como la
vida, se vuelve roja en algún punto.
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En la casa ya deshabitada lo
único que quedaba eran los cuadros de gente que ya nadie recordaba, los
animales que husmeaban los restos en busca de comida y el crujido de la madera
que casi gritaba al derrumbarse en sus propios años.
El piano más pesado que de
costumbre por las gruesas capas de polvo, las cuerdas rotas, las teclas
intactas en años.
La gabardina casi le alcanzaba
las rodillas, los zapatos llenos de lodo y el sombrero de copa goteando por la
tormenta que hacía caer el cielo inundando las calles.
La sonrisa carismática, la mirada
con fugaces toques de perspicacia, las líneas que dibujan su rostro maduro. Su
complexión media, fornido, alto.
Los guantes de piel se acercan al
picaporte y lo giran para abrir la puerta de aquel lugar.
Córdova.